Miedo al asilamiento,
a perder las conquistas laborales y la relación con el resto de la empresas
son algunos de los problemas de retrasan la llegada del teletrabajo a España.
Hay que cambiar de mentalidad y utilizar más las herramientas informáticas.
Publicado en mayo de 2000
La generalización del teletrabajo entre las personas que desarrollan
parte o toda su actividad profesional apoyados en las nuevas tecnologías
debe ser uno de los temas de constante preocupación de los diferentes
gobiernos de la Unión Europea.
Sin embargo, existen serias dudas sobre si los procedimientos empleados para
implantar este sistema laboral son los más adecuados y está claro
que, a pesar de sus innegables ventajas, la lista de inconvenientes para los
teletrabajadores también es considerable. Se trata de problemas que están
estudiando las diferentes asociaciones de teletrabajadores www.sappiens.com
y que provocan disfunciones sociales, psicológicas y culturales.
No todo el mundo sirve para teletrabajar. Hay que ser disciplinado y romper
barreras culturales como las que tenemos en España donde existe la cultura
de acudir todos los días a la oficina, porque al español medio
le gusta sentirse arropado por su empresa. Así, nos encontramos con que
la flexibilidad, tan necesaria para adaptarse a la globalización del
mercado de trabajo no es uno de nuestros puntos fuertes. También sentimos
miedo ante el peligro de perder las conquistas sociales.
Otro problema añadido es que tendrán que competir en el mercado
global los teletrabajadores de naciones desarrolladas, que generan altos costes
sociales y económicos, con otros de países sin grandes prestaciones
sociales y, por tanto, más baratos. Un claro ejemplo de esto es la propia
Microsoft, www.microsoft.com que produce gran parte de su software en la India.
Hay una serie de factores que influyen de forma negativa para que el teletrabajo
sea aceptado. Uno de ellos es el miedo a que los requisitos para ese trabajo
puedan cambiar y el teletrabajador sea trasladado o despedido. A esto se une
que algunas organizaciones pretenden utilizar la introducción del teletrabajo
para reducir el número de trabajadores de la compañía.
Por su parte, los trabajadores tienen la creencia generalizada que al convertirse
en teletrabajadores van a perder garantías contractuales o del convenio
colectivo: bajas por enfermedad, vacaciones, admisión a concursos y promociones,
participación en incentivos de productividad. Una creencia que es falsa
pero que está muy extendida.
Sin duda alguna, en todo este cambio del sistema de trabajo los más afectados
negativamente son los mandos intermedios, porque su labor de supervisión
ha de replantearse y en muchos casos empieza a resultar innecesaria. No es necesario
supervisar el trabajo y dedicación de un empleado que está en
su casa y a quién se exige la realización de un trabajo concreto,
sin tener en cuenta el número de horas que dedica ni el número
de veces que se levanta de su puesto para ir a por café.
Los supervisores se encuentran, de esta forma, con que empiezan a ver peligrar
su estatus en la empresa, ya que no tienen capacidad para controlar la gestión
de sus trabajadores, sino solo el resultado de la misma. También verán
reducidas sus oportunidades de promocionarse en la empresas, ya que la flexibilidad
que conlleva el uso de las telecomunicaciones permite que en ocasiones el trabajador
se convierta en competidor directo de su propio supervisor.
Todo ello sin olvidar la vida personal. Existe el caso de personas que, potencialmente,
son empleados modélicos para teletrabajar, tanto por el tipo de actividad
que desarrollan como por su disposición. No obstante, en el momento de
trasladar físicamente su puesto de trabajo a casa empiezan los problemas:
necesitan silencio, ocupan lugares de uso común y no saben organizarse.
Esto puede provocar un resquebrajamiento de la vida de pareja o familiar. Por
eso es necesario adaptar la casa a la nueva situación. Cuando esto no
es posible hay que optar por otras soluciones como puede ser acudir a un telecentro.