El directivo está
cambiando. Ahora debe tener más en cuenta a su equipo y ser consciente
de sus virtudes y limitaciones. Un directivo honesto es el mejor seguro de una
empresa para retener a sus profesionales más cualificados.
Publicado en diciembre de 2000
Las empresas de la nueva
economía se encuentra con la necesidad de retener a unos empleados que,
en muchas ocasiones, son tentados por compañías de la competencia
que andan escasas de personal cualificado. El déficit de profesionales
obliga a las organizaciones a hacer todo lo posible para que sus mejores empleados
no se marchen. Aquí la diferencia entre un buen jefe y un mal jefe, marca
la diferencia.
El buen jefe es aquel que asume las responsabilidad cuando algo sale mal mientras
que cuando se tiene éxito en la tarea no lo asume él solo, sino
que lo atribuye al trabajo en equipo.
Una de las claves del papel del directivo en el próximo siglo es, precisamente,
el equilibrio entre el humanismo y la tecnología.
Esto significa que, frente a un mundo marcado por un cambio en las maneras de
trabajar y por la introducción de las nuevas tecnologías, el directivo
tiene que ser totalmente consciente de que el principal activo de su compañía
son las personas. Este directivo no debe nunca olvidar que su función
es servir de puente entre el capital económico y el humano; debe responder
a la confianza de un capital que le pide rentabilidad y, a la vez, generar confianza
en sus colaboradores.
Además, dentro del panorama internacional de una economía cada
vez más globalizada, la tendencia es un aumento de las compañías
multiculturales, por lo que los responsables de las empresas deben asumir y
organizar los distintos valores de sus empleados adaptándolos a las nuevas
tecnologías. Se trata de lograr que esa globalización no sea beneficiosa
solamente para las empresas, sino también para las personas que integran
esas organizaciones.
La escasez de profesionales con experiencia en negocios de Internet y el apogeo
de negocios emergentes en este sector se han convertido en los principales enemigos
de los directores de recursos humanos, que se han visto obligados a buscar nuevas
fórmulas y diseñar políticas de retención para sus
mejores empleados. Delegar responsabilidades en ese equipo es una de las mejores
formas para retener a un buen empleado, porque no siempre el dinero es lo primero.
Para delegar, el directivo tiene que ser capaz de asumir que otros puede desarrollar
eficazmente el trabajo sin necesidad de estar todo el tiempo encima de los subordinados.
Para ello debe eliminar la idea de que él es quién mejor puede
hacer el trabajo. Su función es coordinar un equipo, no hacer el trabajo
de todos.
Por eso un buen directivo debe ser honesto y ético en sus actuaciones,
apoyando la creatividad e innovación en el trabajo, con capacidad para
cuestionar comportamientos erróneos y encontrar la forma de mejorarlos.
Debe adaptar su estilo de liderazgo a las necesidades individuales de cada uno
de los integrantes de su equipo, dedicar tiempo a sus colaboradores, tanto para
cuestiones profesionales como personales, preocuparse por la satisfacción
del cliente y tratar de que todos los miembros de su equipo mantengan el adecuado
equilibrio entre los intereses y necesidades profesionales y personales.
Cuando analizamos el trabajo desarrollado por un directivo con éxito
solemos ver a un profesional que ha sido capaz de crear un equipo motivado que
ha perseguido conjuntamente un objetivo empresarial. Esta es una de las principales
consecuencias de la nueva economía, porque en la economía globalizada
el directivo no trabaja en solitario, sino que es un conductor de personas,
un líder de equipos humanos.
Ya no vale ese modelo de un profesional polivalente que lo hace todo; hay que
especializarse y delegar. El líder del mañana es un guía
encargado de interpretar las necesidades de los mercados. Una vez sabido esto,
deberá ser capaz de orientar su camino, el de su equipo y el de la empresa.
Un buen jefe es aquel que sabe valorar a los demás, que se muestra sincero
y sabe enfrentarse con serenidad a situaciones difíciles, apoyándose
en su equipo. Actúa motivado pro lo que considera justo y correcto iniciando
proyectos que puede acabar y asumiendo riesgos en función de sus posibilidades
reales. Por eso el directivo no debe sobrevalorar su propio trabajo.